La primera vez que vimos un fular fue en Vinçon, esa increíble tienda del Paseo de Gracia de Barcelona, hace unos 5 años. Contaban que, con su uso, los bebés lloraban menos y tenían menos cólicos. Cuando nació Olivia lo probamos. Al principio torpemente. Pero llegó a ser su medio de transporte. Después probamos el mei tai, que también amortizamos de sobra, y la bandolera de anillas. Hoy somos unos convencidos de los portabebés (que, por cierto, se utilizan en todo el mundo desde hace miles de años y, aparte de suavizar los cólicos, tienen muuuuuuchas más ventajas).
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